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Parte 1 - Andreas: El Pavo | El Cordero | Las Abejas | El Gallo
El Pavo
Este relato fue seleccionado como ganador del Primer Puesto de la Primera edición del Concurso del Escritor de Substack.
Huele a tierra mojada. Tal vez el recuerdo más antiguo que tengo. Tras la lluvia, el suelo aún se siente firme bajo mis pies. Pero hay algo en mi mirada, o en la forma en que el mundo respira, que vuelve todo lejano. Desenfocado.
El aire fresco se mezcla con el olor a granja, barro y mangos recién cosechados. Por un momento, el tiempo parece detenerse. Una voz suave, casi un susurro, nombra a cada gallina, pavo y pato en el corral. Es la voz de Andreas, pero no sé si la escucho o la invento, si es real o solo el sonido de mi memoria jugando conmigo.
—Gael, acércate más. Confía.
Quise responder, pero las palabras se quedaron en mi boca. Avancé, sin pensar.
Andreas quería que conociera la parcela: señalaba animales y herramientas con una devoción contenida, como si al mostrarlos quisiera asegurarse de que yo también recordara.
Yo era solo un niño, tal vez de cuatro años. Él, con siete, se movía despierto, con la memoria del lugar en el cuerpo. Las aves lo seguían; arañaban el barro sin apuro. Bastaba que abriera los brazos para que se detuvieran. No enseñaba, compartía: pasos, semillas, tiempo.
Me quedé cerca, intentando imitar sus gestos, repitiendo sus pausas. El polvo apenas se levantaba bajo las patas de los animales. El sol no pesaba aún. Los charcos seguían enteros en la tierra. Nada se apuraba.
De pronto, los patos batieron las alas, como avisando; entonces sonó la radio. Desde la cocina, Lisa, hermana mayor de Andreas, había encendido el viejo aparato. Una melodía suave llenó el corral, entrelazándose con el piar de las aves. “No puedo pensar, tendría que cuidarme más”, resonó la voz a lo lejos. Las notas flotaron en el aire tibio y, al tocarme, un escalofrío nítido subió por mi nuca.
Mientras intentaba seguir las instrucciones de Andreas, señalé a los pavos con un dedo tembloroso. El pico afilado de uno de ellos cortó mi piel: la sangre brotó de inmediato. Sentí el dolor y la música fundirse en un extraño compás.
—¡No! —gritó Andreas, lanzándose hacia el pavo, enfrentándolo— ¡Ay, tu dedo!
La música no se detenía. Sonaba más fuerte ahora. Se colaba entre los animales, ajena a lo que acababa de pasar. Me quedé paralizado observando cómo la herida sangraba en el suelo. “Como poco pierdo la vida, y luego me la das...”, cantaba la radio.
Empecé a llorar como un recién nacido. Andreas se inclinó sobre mí.
—Gael, no llores. Vas a estar bien, solo es un picoteo.
Las lágrimas no paraban. Mi polo blanco ya se había manchado de rojo. El corte había empapado la tela. Tomó mi mano entre las suyas y llevó mi dedo a su boca. Lo limpió con cuidado, apretándolo apenas para detener la sangre.
De repente, mi abuelo irrumpió en el corral, su voz estalló con fuerza. La puerta golpeó la pared.
—¿Qué ha pasado? —gritó— ¡Carajo!
Sus ojos, fijos en Andreas, anticipaban la respuesta. Antes de que pudiera decir algo, le dio una bofetada que resonó en el aire. El golpe fue seco. Brutal. El eco de la mano contra la piel me hizo apartar la vista.
—Te dije que lo cuidaras —dijo el abuelo, sin levantar la voz esta vez— Anda, ve con Juano. Está limpiando el cordero.
Andreas bajó la cabeza y dio un paso atrás. No lloró ni respondió. El dolor parecía algo cotidiano para él, como si, sin importar lo que hiciera, siempre cargara con ese peso. Sin decir nada, se fue con Juano, mientras yo seguía llorando.
Mi abuelo se acercó. Me observaba con los ojos tensos y la mandíbula firme.
—¿Te pegó? —preguntó, sin mover un músculo— Porque si lo hizo, lo largo de aquí. No sé si debería quedarse, hombre…
No contesté. La seriedad de su gesto me pesaba en el pecho.
Sacó una pequeña piedra verde del cajón. La colocó suavemente en mi frente, luego en mi pecho y finalmente sobre el corte de mi dedo. Cuando la piedra tocó mi piel, sentí algo… diferente. No era solo el dolor que desaparecía: era como hundirme en un sueño por un instante, perdiendo peso, olvidando quién era.
El abuelo murmuraba en voz muy baja. Era imposible distinguir las palabras de su respiración. Aun así, ese murmullo antiguo llenaba el aire de una calma extraña. La piedra, fría y ligeramente áspera, respiraba sobre mi piel.
Abrí los ojos y miré al abuelo. Ya no parecía enfadado; solo distante, perdido en algún lugar de sí mismo. No parecía cansado sino liberado. Sus ojos, ahora más calmos, se posaron en el suelo. Buscaban algo.
Desde el fondo, se oyeron golpes y gritos. La canción seguía: “…te acerca a Dios”. Juano le daba una paliza a Andreas, convencido de que me había hecho daño. Quise hablar. Quise gritar. Pero la voz se me quedó atrapada en la garganta. Andreas no se defendía. Solo se cubría la cabeza con los brazos; sabía que explicar no serviría de nada.
Entonces, mi abuelo se levantó. Caminó con paso firme hasta donde estaban, y cuando habló, su voz salió calma pero no blanda.
—¡Para, Juano! Está bien. Solo estaban jugando.
—Sí, Don Alejandro —dijo Juano, sin levantar la vista.
La canción terminó y nadie más habló.
*
Andreas era un nombre extraño para alguien que vivía en una parcela en Perú. Mi abuelo lo llamaba “el serrano”, a veces como un elogio y otras como una simple constatación de su origen; en una mezcla de desprecio, cariño y resignación, como si no perteneciera allí, pero tampoco hubiera forma de sacarlo. Decía que él y su hermana habían llegado del campo porque nadie los quería y no tenían cómo mantenerse. Eran hijos de un hacendado alemán y de una mujer que limpiaba casas. Aunque nadie lo decía abiertamente, en mi familia asumíamos que la existencia de ambos era el resultado de una relación extramatrimonial.
Tenía la piel clara y el pelo tan rubio que, bajo el sol, parecía mezclarse con los campos de arroz recién cosechados. Las pecas en su cara le daban un aire distraído, casi infantil, aunque eso contrastaba con la intensidad de su mirada, sobre todo cuando creía que nadie lo veía. A veces, se perdía en sus pensamientos, ensimismado, como si oyera algo que venía de lejos. Pero cuando volvía, lo hacía por completo: rápido, atento, presente.
En la forma en que miraba a mi abuelo había algo más que respeto: lo miraba como a un padre. Muy adentro parecía esperar ser mirado con la misma fuerza. Y, aunque mi abuelo a veces lo reprendía con dureza, Andreas nunca se apartaba. Asentía en silencio y se quedaba a su lado. Con Rosario, la esposa de mi abuelo; con Juano, el capataz; y con Sori, su mujer, era igual. Hacía lo que tocaba antes de que se lo pidieran. Nunca le vi pedir nada para él.
Mi abuelo también decía que los había traído para hacerles compañía a Juano y Sori, porque ella no se podía quedar embarazada. Pero al final, él y Rosario los criaron como hijos propios. Y, en el fondo, lo eran.
Desde siempre, admiraba a Andreas con una devoción que no lograba explicar. Era como un hermano, pero también algo más. En su forma de mirar, y en la manera en que enfrentaba el trabajo, había una forma de estar que quería descifrar. Lo seguía a todas partes, ansioso por aprender de sus vivencias y reflejar un poco de su esencia.
*
Cuando el abuelo terminó de curarme la herida, fui tras Andreas hasta el granero. No podía mirarlo a los ojos. Sin embargo, lo observaba.
Él saltaba sobre los sacos de arroz, hasta que se giró y me lanzó una sonrisa ladeada que le tensó una sola mejilla. Quizás ya sabía que lo buscaba.
—¿Vamos a seguir o qué?
El Cordero
Tenía diez años, pero mi cuerpo aún no sabía cómo sostener el calor de la media mañana en la parcela.
Primero le ataron las patas. El roce de la cuerda contra su piel tenía una textura áspera, como frotar madera seca en carne viva. El cordero respiraba agitado. No tenía miedo, pero el aliento seco del ambiente se le incrustaba en el cuerpo y le apretaba la respiración.
—Ayudarás a Juano —dijo el abuelo, con la voz firme.
Sabía lo que venía, pero no me sentía listo. El estómago se me cerró. Quise vomitar. Miré a Andreas. Sus ojos, normalmente seguros, tenían un brillo extraño, reflejaban ahora la misma incertidumbre que yo sentía.
—¿Y si no quiero hacerlo? —murmuré, más para mí mismo que para los demás.
Mi abuelo hizo un chasquido, tiró de la soga y ajustó el nudo sobre las patas del animal de un golpe. Me miró fijamente, sin dureza, pero con una seriedad que no dejaba espacio para huir.
—Ayudarás a Juano —repitió, como si al decirlo otra vez sellara el mandato.
Juano se preparaba con el cuchillo en la mano. La frente le chorreaba sudor mientras se acercaba al animal. El cordero, inmóvil, respiraba más lento, ajeno a lo que estaba a punto de suceder. Afiló el cuchillo cerca del cuello; lo pasó una vez, luego otra. Y, entonces, sin decir nada, lo degolló.
—¡Gael, sostén el balde! ¡No dejes que la sangre se desperdicie! —ordenó mi abuelo con voz grave.
Lo cogí con las dos manos, sudorosas. El sonido del líquido espeso contra el metal me cerró la garganta. Parte de la sangre cayó dentro del balde, el resto, tibia, salpicó la tierra seca. El cordero soltó un gemido corto. Aunque el corte fue limpio, su cuerpo se arqueó. Pero no se fue. El cuerpo todavía se sacudía. Las patas raspaban la tierra; el pecho subía y bajaba con un esfuerzo que dolía mirar. Mi respiración se desbocaba. Intenté sostenerme, pero las piernas ya no me respondían.
—Tu dolor solo lo hará sufrir más. Mantén la calma, Gael —dijo mi abuelo, sin apartar la vista del cordero.
No era una orden; fue casi un ruego.
Sentí los dedos mojados, resbalosos alrededor del balde. Intenté apartar la mirada del corte; quería escapar, correr. Pero antes de que pudiera reaccionar, Andreas se adelantó y me quitó el balde de las manos.
—Yo lo haré —dijo en voz baja.
Juano levantó la vista, sorprendido, pero no dijo nada. Mi abuelo frunció el ceño; tampoco intervino. Andreas me miró de reojo; mantuvo la vista en el balde, como si no quisiera incomodarme.
El cordero dejó de moverse. Mis latidos aflojaron. Solté el aire. Mi cuerpo supo antes que yo: no pude retenerlo.
*
Después del sacrificio, el calor había cedido un poco. El abuelo terminó de dar las últimas instrucciones a Juano, quien continuaba con su trabajo, concentrado en pelar el cordero.
Se había formado una mancha de sangre oscura sobre la tierra seca. Me quedé mirándola. Había algo en su forma, en cómo se había extendido, que me resultaba incómodo.
—Vamos —dijo el abuelo, sacudiéndose el polvo de las manos— Vengan, daremos una vuelta.
Caminamos sin hablar por un sendero que subía entre los mangos. Andreas iba unos pasos adelante, pateando piedritas, yo lo seguía con la cabeza baja y el olor a animal muerto todavía pegado a la nariz.
El abuelo llevaba su pequeña radio colgando del hombro. La misma de siempre, con la cinta negra deshilachada.
—¿Escuchas música, Gael? —me preguntó sin detenerse.
—Sí —le respondí— A mis padres les gusta mucho, mi hermano me está enseñando a tocar la guitarra.
—Tu abuelo me ha enseñado mucho sobre música, aunque aún no tengo guitarra —dijo Andreas, apenado.
—Pero hay muchas guitarras en el rancho que nadie usa —dije, sin entender.
Mi abuelo no respondió. Siguió caminando, como si no hubiera escuchado. Al llegar a la gran roca que conocíamos desde niños, se detuvo.
—Aquí —dijo.
Encendió la radio. La estática se mezcló con los sonidos del campo. Corría una brisa leve que traía olor a tierra fresca. Entonces una canción comenzó a sonar: “Penso che un sogno così non ritorni mai più…”
Sentado, con las manos apoyadas en la roca, el abuelo me miró directamente.
—¿Qué sientes al escuchar esta canción?
Me quedé pensando un momento. No entendía las palabras, pero la melodía me envolvió.
—No estoy seguro... parece que habla de alguien que vuela. Alguien libre.
Una pequeña sonrisa cruzó su rostro. No pronunció palabra, pero respiro tres veces.
Andreas empezó a moverse de un lado a otro. Hacía pequeñas piruetas, pasos breves, jugando con el ritmo de la canción. El sol le daba de lleno y, por un momento, parecía que la luz salía de él.
Mi abuelo lo observaba desde su piedra, con una expresión animada pero en silencio. Todo en ese instante parecía flotar: la música, el viento, la calma. Nada necesitaba ser dicho. Pero él ya se había ido.
*
Cuando decidimos volver, mi abuelo me puso una mano firme en el hombro y caminó a mi lado.
—A veces no se puede proteger a todos, Gael —dijo de pronto, mirándome— Eso no significa que no valga la pena intentarlo.
No supe qué responder. Pero sabía a qué se refería.
—Tú miras distinto, Gael. Eso... no se enseña.
Los árboles lanzaban sombras largas sobre el sendero. Andreas iba unos pasos más adelante cortando ramas de los naranjales. Se detuvo, alzó la cabeza y sopló hacia el cielo, espantando algo invisible.
—Hay cosas que no se olvidan —añadió mi abuelo.
No pregunté nada. Seguí caminando. Las palabras se quedaron allí, quietas, a la espera de que algún día yo pudiera entenderlas.
Esa noche no pude dormir. Salí al patio descalzo, siguiendo el zumbido leve de los grillos. Andreas estaba ahí, sentado bajo la luz de la luna con la espalda encorvada y las manos juntas como si rezara. Me acerqué en silencio y me senté junto a él.
La mancha de sangre seguía ahí, a nuestro lado.
—Creo que no debí dejarlo morir —le dije.
Andreas no respondió. Tampoco se movió.
Las Abejas
Había pasado un año desde el sacrificio del cordero. Esta vez llevábamos ya un par de días instalados en la parcela del abuelo. Algunos le decían el rancho, pero para nosotros siempre fue la parcela.
Cada verano, al empezar las vacaciones, mi madre nos dejaba a mi hermano y a mí allí. Decía que era importante que conociéramos el lugar del que veníamos: la familia, el campo, la playa, la gente de allá. Y tenía razón.
A veces pasábamos todo el verano en la parcela; otras, solo la mitad, y el resto lo pasábamos en las playas del sur de Lima. Era un equilibrio extraño, pero familiar. Nos alojábamos en casa del abuelo, muy arriba, cerca del Ecuador, donde las reglas de la ciudad no existían: el tiempo lo marcaban los gallos, las cosechas y las telenovelas de las doce.
La parcela era un refugio, sí, pero también una corriente viva, desordenada, donde todo se sentía más honesto. La playa quedaba cerca, pero la casa del abuelo tenía algo más urgente: llegaban los tíos, los primos, gente del pueblo. Siempre había alguien.
El calor empezaba a ceder y el cuarto flotaba en un silencio suave. Yo estaba recostado, con la risa aún pegada al cuerpo, después de bromear, correr y trepar con mis primos: Gaby, Maricruz, Lisa. Y con Andreas.
Las voces seguían vibrando en mi oído cuando lo vi entrar, sin golpear. Tenía los pies sucios de polvo y una ramita de mango entre los labios.
—Vamos —dijo— Tienes que verlo.
Agarró una colcha y un jebe largo. Salimos corriendo. Él iba adelante, sin mirar atrás, pero a veces giraba la cabeza y me lanzaba una sonrisa rápida, como si dijera “no te pares”. Pasamos entre árboles y matorrales, rodeando el campo que mi abuelo tanto adoraba. Yo solo corría detrás. Sin saber a dónde íbamos, pero queriendo llegar.
—Tenemos que cruzar el canal de agua —dijo, deteniéndose de golpe— ¡Quítate la ropa, Gael!
Antes de que pudiera decir nada, ya se estaba desvistiendo, sin apuro, como quien se sacude el calor. Me sostuvo la mirada y me tendió la mano. Yo tardé. No por vergüenza, sino porque su gesto parecía más serio de lo habitual.
—¿Qué pasa? —preguntó sin cubrirse— ¿Nunca has visto un cuerpo desnudo?
Sonreí, solté el aire por la nariz. Le entregué mis cosas; él las lanzó al otro lado del cauce. Después, nos sumergimos en el agua fresca.
—¡Qué rica está el agua para este calor! —dijo Andreas, chapoteando con fuerza.
Me sumergí tras él. El agua entró y salió, llevándose el calor consigo. Por fin sentí que podía respirar.
—Sí… se siente bien —dije, intentando mantener la voz.
Cuando salimos por la otra orilla, las gotas brillaban sobre su piel como pequeños espejos. No lo miré directamente. No hacía falta. Bastaba con seguirlo. Pero sentí una presión sorda allí abajo, inconfundible, imposible de ignorar.
—Sécate —dijo, notando mi incomodidad, y me lanzó su polo.
Asentí callado, pero la tensión no se disipó. Se volvió más densa. Sin voltearse, me hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera.
—Ven, ya estamos cerca —añadió, con voz baja, casi cómplice.
Caminamos descalzos con la piel mojada. Tras unos minutos, el silencio se rompió de golpe. Un zumbido intenso llenó el aire, tan fuerte que lo sentí en el pecho.
Andreas se detuvo. La sonrisa le temblaba en los labios. Los ojos le brillaron.
—¿Lo escuchas? —dijo, sin apartar la vista del cielo.
Me concentré. Al principio pensé en las herramientas del taller de mi abuelo.
—¿Son abejas? —pregunté.
—Exacto —asintió— Tu abuelo las trae para la siembra. Pero algunos enjambres se escapan. Y a esta hora hacen un show allá arriba.
Se echó sobre la colcha y señaló con la mano.
—Ven, mira. Es impresionante.
Me quedé paralizado, en pánico.
—¿Y si nos pican?
—Puede ser… no sé. Nunca me han picado. Pero tranquilo, salimos corriendo si pasa —dijo, bajando un poco la voz, como si él mismo no estuviera seguro.
Me dejé caer junto a él. Apreté la tela con los dedos. Intentaba parecer tranquilo, pero cada zumbido me hacía contener el aire. Entonces, sentí su mano. Cálida. Firme.
—No tengas miedo —dijo, sin soltarme— Solo mira.
Eran miles, millones de abejas, el zumbido me vibraba en el pecho. Volaban en espirales, dibujando formas invisibles en el cielo naranja. Era como mirar algo sagrado, pero con la certeza de que también podía herirte.
Sentí que el campo latía al ritmo de sus alas. Me asustaba y, al mismo tiempo, no podía dejar de mirarlas. Una abeja se posó un segundo en mi dedo, pero se fue sin picar.
—Gael, no va a pasar nada. Si vienen, nos tapamos con el jebe y la colcha.
Como demostración, nos cubrió. En la oscuridad, sentí su brazo rodeando mi hombro, su torso tibio y el peso de la tierra bajo nosotros.
—Te extrañé, Gael— me susurró al oído.
El Gallo
Esa noche soñé con algo que no sabía si ya había vivido o si estaba por vivir. No recuerdo cuántos años tenía. Solo el cuerpo desnudo, pequeño, la piel pegada al calor.
El abuelo me alcanzó una copa pequeña. Un líquido negro, amargo. El sabor me golpeó la lengua como si masticara raíces viejas; sentí la tierra misma en la boca. No pregunté nada. Él tampoco explicó. Luego me echó agua encima: era tibia, casi dulce y, en la luz intensa, parecía teñida de rosa. No sé si era de verdad o si mi memoria le puso ese color después.
Pasó una espada sobre mi cuerpo. Filuda, relucía bajo el sol como una advertencia. Se veía pesada, pero era el filo —no el peso— lo que imponía respeto. Cuando cortó el aire cerca de mi piel, el cuerpo se me erizó. Me temblaron los pies, pero no resbalé.
Después, pasó una vara seca. Esa era lisa, ligera. Él parecía decir muchas cosas, pero yo no entendía ninguna. Y luego, las piedras. Muchas. Algunas brillaban, guardando fuego por dentro. En mi ignorancia, imaginé que era oro. O algo más antiguo todavía. Algo que solo nosotros sabíamos nombrar.
Otras, diferentes, se deslizaban bajo mis pies. Frías, suaves, traicioneras. No sé cómo seguía de pie. Solo sabía que el suelo me rechazaba y, aun así, no me caía . Mi abuelo me miraba. No con orgullo ni ternura, sino con esa expresión suya que parecía tallada en piedra: una paciencia antigua, implacable.
—El gallo cantará tres veces —dijo— Será cuando estés libre.
Me quedé ahí, esperando. Con la copa vacía en una mano y la otra otra dándome equilibrio. Las piedras temblaban bajo mis pies.
El primer canto llegó. Áspero, lejano. Algo se quebró en el aire.
El segundo canto. Más cercano. El viento volvió a moverse. Traía algo que ya había olvidado.
Y, antes del tercero, escuché una voz. No era la de mi abuelo. Era más joven, más suave. Me atravesó, como si viniera de algún rincón sin tiempo. No era un mandato. Ni siquiera una voz. Solo la sensación de que alguien, en algún lugar, me esperaba.
El tercer canto. No supe si lo oí fuera o dentro. Pero sentí que los nervios se me desanudaban, como una cuerda al soltarse. Entonces, él se acercó. Tomó mi mano y la abrió con fuerza. Me puso algo dentro: la piedra verde. Fría, viva.
—Ahora es tuya —dijo. Su voz no fue una promesa. Fue un veredicto.
La piedra pesaba poco, pero sentí que me hundía en la tierra. Me quedé quieto. Desnudo. Pegado al viento, al calor, a la vibración de las piedras que ya no resbalaban.
Eran mías. Como la herida. Como esta historia.
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A mi también me ha gustado mucho Andreas, en este mucho más profundo que el anterior
Por el momento leí El Pavo. La atmósfera es muy buena. El personaje de Andreas está muy bien construído. ¿Estás abierto a comentarios sobre la construcción del texto? De antemano te comento que me gustó mucho. Sigue escribiendo.