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El Cordero
Tenía diez años, pero mi cuerpo aún no sabía cómo sostener el calor de la media mañana en la parcela.
Primero le ataron las patas. El roce de la cuerda contra su piel tenía una textura áspera, como frotar madera seca en carne viva. El cordero respiraba agitado. No tenía miedo, pero el aliento seco del ambiente se le incrustaba en el cuerpo y le apretaba la respiración.
—Ayudarás a Juano —dijo el abuelo, con la voz firme.
Sabía lo que venía, pero no me sentía listo. El estómago se me cerró. Quise vomitar. Miré a Andreas. Sus ojos, normalmente seguros, tenían un brillo extraño, reflejaban ahora la misma incertidumbre que yo sentía.
—¿Y si no quiero hacerlo? —murmuré, más para mí mismo que para los demás.
Mi abuelo hizo un chasquido, tiró de la soga y ajustó el nudo sobre las patas del animal de un golpe. Me miró fijamente, sin dureza, pero con una seriedad que no dejaba espacio para huir.
—Ayudarás a Juano —repitió, como si al decirlo otra vez sellara el mandato.
Juano se preparaba con el cuchillo en la mano. La frente le chorreaba sudor mientras se acercaba al animal. El cordero, inmóvil, respiraba más lento, ajeno a lo que estaba a punto de suceder. Afiló el cuchillo cerca del cuello; lo pasó una vez, luego otra. Y, entonces, sin decir nada, lo degolló.
—¡Gael, sostén el balde! ¡No dejes que la sangre se desperdicie! —ordenó mi abuelo con voz grave.
Lo cogí con las dos manos, sudorosas. El sonido del líquido espeso contra el metal me cerró la garganta. Parte de la sangre cayó dentro del balde, el resto, tibia, salpicó la tierra seca. El cordero soltó un gemido corto. Aunque el corte fue limpio, su cuerpo se arqueó. Pero no se fue. El cuerpo todavía se sacudía. Las patas raspaban la tierra; el pecho subía y bajaba con un esfuerzo que dolía mirar. Mi respiración se desbocaba. Intenté sostenerme, pero las piernas ya no me respondían.
—Tu dolor solo lo hará sufrir más. Mantén la calma, Gael —dijo mi abuelo, sin apartar la vista del cordero.
No era una orden; fue casi un ruego.
Sentí los dedos mojados, resbalosos alrededor del balde. Intenté apartar la mirada del corte; quería escapar, correr. Pero antes de que pudiera reaccionar, Andreas se adelantó y me quitó el balde de las manos.
—Yo lo haré —dijo en voz baja.
Juano levantó la vista, sorprendido, pero no dijo nada. Mi abuelo frunció el ceño; tampoco intervino. Andreas me miró de reojo; mantuvo la vista en el balde, como si no quisiera incomodarme.
El cordero dejó de moverse. Mis latidos aflojaron. Solté el aire. Mi cuerpo supo antes que yo: no pude retenerlo.
*
Después del sacrificio, el calor había cedido un poco. El abuelo terminó de dar las últimas instrucciones a Juano, quien continuaba con su trabajo, concentrado en pelar el cordero.
Se había formado una mancha de sangre oscura sobre la tierra seca. Me quedé mirándola. Había algo en su forma, en cómo se había extendido, que me resultaba incómodo.
—Vamos —dijo el abuelo, sacudiéndose el polvo de las manos— Vengan, daremos una vuelta.
Caminamos sin hablar por un sendero que subía entre los mangos. Andreas iba unos pasos adelante, pateando piedritas, yo lo seguía con la cabeza baja y el olor a animal muerto todavía pegado a la nariz.
El abuelo llevaba su pequeña radio colgando del hombro. La misma de siempre, con la cinta negra deshilachada.
—¿Escuchas música, Gael? —me preguntó sin detenerse.
—Sí —le respondí— A mis padres les gusta mucho, mi hermano me está enseñando a tocar la guitarra.
—Tu abuelo me ha enseñado mucho sobre música, aunque aún no tengo guitarra —dijo Andreas, apenado.
—Pero hay muchas guitarras en el rancho que nadie usa —dije, sin entender.
Mi abuelo no respondió. Siguió caminando, como si no hubiera escuchado. Al llegar a la gran roca que conocíamos desde niños, se detuvo.
—Aquí —dijo.
Encendió la radio. La estática se mezcló con los sonidos del campo. Corría una brisa leve que traía olor a tierra fresca. Entonces una canción comenzó a sonar: “Penso che un sogno così non ritorni mai più…”
Sentado, con las manos apoyadas en la roca, el abuelo me miró directamente.
—¿Qué sientes al escuchar esta canción?
Me quedé pensando un momento. No entendía las palabras, pero la melodía me envolvió.
—No estoy seguro... parece que habla de alguien que vuela. Alguien libre.
Una pequeña sonrisa cruzó su rostro. No pronunció palabra, pero respiro tres veces.
Andreas empezó a moverse de un lado a otro. Hacía pequeñas piruetas, pasos breves, jugando con el ritmo de la canción. El sol le daba de lleno y, por un momento, parecía que la luz salía de él.
Mi abuelo lo observaba desde su piedra, con una expresión animada pero en silencio. Todo en ese instante parecía flotar: la música, el viento, la calma. Nada necesitaba ser dicho. Pero él ya se había ido.
*
Cuando decidimos volver, mi abuelo me puso una mano firme en el hombro y caminó a mi lado.
—A veces no se puede proteger a todos, Gael —dijo de pronto, mirándome— Eso no significa que no valga la pena intentarlo.
No supe qué responder. Pero sabía a qué se refería.
—Tú miras distinto, Gael. Eso... no se enseña.
Los árboles lanzaban sombras largas sobre el sendero. Andreas iba unos pasos más adelante cortando ramas de los naranjales. Se detuvo, alzó la cabeza y sopló hacia el cielo, espantando algo invisible.
—Hay cosas que no se olvidan —añadió mi abuelo.
No pregunté nada. Seguí caminando. Las palabras se quedaron allí, quietas, a la espera de que algún día yo pudiera entenderlas.
Esa noche no pude dormir. Salí al patio descalzo, siguiendo el zumbido leve de los grillos. Andreas estaba ahí, sentado bajo la luz de la luna con la espalda encorvada y las manos juntas como si rezara. Me acerqué en silencio y me senté junto a él.
La mancha de sangre seguía ahí, a nuestro lado.
—Creo que no debí dejarlo morir —le dije.
Andreas no respondió. Tampoco se movió.
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Que buen relato!
Me encantó, me gusta mucho cómo narras. Tienes un talento indiscutible.
Pd: yo también me llamo Gael jaja