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Pista #1
Andreas estaba del otro lado.
—Ahí estás —dijo.
Me recibió con una sonrisa. Antes de que alcanzara a saludarlo, me rodeó con ambos brazos y me levantó del suelo.
—¿Me extrañaste, ah?
Como no respondí, me alzó un poco más.
—Hey, ya, bájame —dije entre risas.
Rió conmigo y, cuando mis pies tocaron el suelo, me dio unos golpes leves en el pecho.
Adriana nos observaba desde atrás. Había dejado caer el bolso hasta el pliegue del codo. Metió una mano, buscando la cámara, pero cambió de idea antes de sacarla.
—¿Qué tal, Gae?
—Bien. Ya tenía ganas de volver —respondí.
Cuando Andreas me soltó, pude verla mejor: sonreía. Ni las horas de viaje ni el polvo del camino habían conseguido desordenarla.
—Mira quién vino —dije.
Andreas se alisó la camisa.
—¿Cómo te ha tratado este feo?
—Todavía no me quejo.
Fue hacia ella y la abrazó. Adriana le rodeó la espalda con los brazos. Él la estrechó un poco más.
—Al fin te trajo —dijo Andreas.
—Yo lo traje a él —respondió.
La casa se veía igual que siempre, blanca sobre la loma. Los muros de piedra todavía guardaban el calor del día; las barandas torneadas de los balcones parecían dibujadas sobre la fachada. Las polillas giraban alrededor de los focos. Desde abajo parecía un castillo; de cerca, tenía el ruido y el calor de un hogar. Solo la puerta permanecía en sombra, aunque una línea de luz se colaba por debajo y se prolongaba unos centímetros sobre el suelo.
—Déjenlos pasar, hombre —dijo el abuelo desde adentro.
Apareció apartando a los perros con las piernas.
—Abuelo.
—Gael, hijo, estás más flaco.
—Estoy igual.
—Entonces antes también estabas flaco.
Me apretó el hombro y me acercó a él.
—Qué gusto verte, hijo.
—Yo también quería verte, abuelo. Mira, te presento a Adriana: mi enamorada.
El abuelo le extendió la mano. Adriana se la tomó y se acercó para darle un beso en la mejilla.
—Mira tú —dijo—. Este muchacho sí sabe llegar bien acompañado.
Adriana se rió. Andreas se inclinó por mi maleta, pero el abuelo se le adelantó. Me la quitó y se echó el bolso de Adriana al hombro.
—Abuelo, no.
—¿Cómo que no? ¿Cómo van a estar cargando, hijo? Llegaron tarde. Pensé que se iban directo a la playa.
Andreas alcanzó al abuelo y tomó la maleta y el bolso de sus manos.
—Yo los llevo —dijo.
—¡Gaelito! ¡Ave María! Ya no vas a entrar por esa puerta. ¡Qué alto estás! —dijo Rosario al salir a recibirnos. Lisa venía con ella. Entre las dos nos llenaron de besos y abrazos.
—Rosario, sírveles algo, hombre. Deben estar cansados por el viaje —dijo el abuelo.
—Ya les tengo jugo de mango ciruelo y chifles —respondió ella—. Hijita, ayúdame con los vasos.
Lisa siguió a Rosario hacia la cocina.
Adriana me tomó de la mano.
Entramos juntos, al mismo paso.
Al cruzar, sus dedos se cerraron un poco más sobre los míos.
Andreas caminaba delante de nosotros con nuestras cosas. Las dejó junto a la escalera de caracol, donde dormían los gatos. Salieron disparados hacia la entrada.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó el abuelo.
—Bien. No nos cogió la lluvia, felizmente.
—Todavía no es temporada, pero ya mismo empiezan las lluvias. Quiero arreglar el techo antes de que lleguen. No pienso recibir el 2005 con este mismo techo. Mañana Juano y yo subimos a revisarlo.
Alzó la vista hacia la unión de dos calaminas.
—¿Ves? Por ahí se mete la lluvia.
Andreas miró hacia arriba.
—Pero ahí no hay ningún hueco.
—¿No lo ves? Ahí. Una rendija.
Una ramilla seca, cubierta de hojas finas, cayó entre nosotros. El abuelo la recogió.
—Sabino —dijo.
—Gabino, viejo —lo corrigió Rosario desde la cocina—. Tu hermano se llama Gabino.
El abuelo levantó la ramilla.
—No. Ahuehuete.
—¿Ah? —dijo Rosario.
Frotó las hojas secas entre los dedos.
—Sí —dijo—. Gabino.
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