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El Ave
Subo hasta lo más alto y la casa deja de ser casa. No suena nada: ni tuberías, ni autos afuera, ni madera vieja. Solo mi respiración y un zumbido grave que no sé de dónde viene. El pasillo se estrecha; las paredes se cierran un poco, hasta que llego a esa puerta alta con una ventana redonda en el centro. Es como un ojo que me espera. Tiene los mismos colores del cuadro grande.
Apoyo la mano en el marco. El vidrio está frío. Lo empujo.
Del otro lado ya no hay más casa. Hay un espacio abierto. Está el abuelo de blanco, más joven y más viejo a la vez. Corre, trata de atrapar algo entre los brazos. Un ave lo cruza de golpe.
Entonces el cuadro se rompe.
—Lo tengo —alcanza a decir.
No hay línea entre arriba y abajo; todo es una sola masa pesada. El aire huele a pluma húmeda, a carne tibia. El abuelo está de pie sobre una roca enorme. Suena una quena triste: cuatro notas sostenidas en el viento.
El ave ya está muerta; del pico le cae sangre y mancha su ropa. La tela se tiñe de rojo. Por un momento, creo que me ofrece el ave, como si me pidiera ayuda. La escena se llena de puntos de luz, el borde del mundo se encoge. El aire se tensa y un zumbido me atraviesa el pecho y me empuja hacia atrás.
Abro los ojos.
Todo está oscuro. El reproductor está apagado, pero aún escucho un par de acordes.
Busco la piedra a tientas. Se ve fría, viva. La toco.
Llamo al abuelo por teléfono.
—Abuelo, ¿estás bien?
—Sí, hijo… el sueño, Gael… el ave… ¿Lo entiendes?
—¿Qué cosa?
Un trueno suena fuerte y la llamada se corta.
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